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sábado, 22 de noviembre de 2014

¿Quién es Dios? Parte III


Honremos a Dios y creamos a su Palabra para que podamos entender cuáles son sus planes para nosotros, los cuales fueron destinados desde antes de la Creación del mundo. Dios nos conoce desde la eternidad, él sabía cuándo habríamos de nacer y sabe cuál es el programa que ha trazado para cada ser humano; por eso, acerquémonos a él para conocerle y servirle.

Se puede conocer a Dios de forma personal solamente en la revelación que de sí mismo hace en las Escrituras. La Biblia no fue escrita para probar que Dios existe, sino para revelarlo por medio de sus actos. Por ello, la revelación bíblica de Dios es de naturaleza progresiva, y alcanza su plenitud en Jesucristo, su Hijo. A la luz de su propia revelación en las Escrituras, tenemos varias declaraciones acerca de Dios:

a. Su existencia

Dios existe por sí mismo y no hay otro Dios fuera de él.

“… tú te has engrandecido, Jehová Dios; por cuanto no hay como tú, ni hay Dios fuera de ti, conforme a todo lo que hemos oído con nuestros oídos” (2 Sam. 7:22).

“… no hay Dios sino yo. No hay Fuerte; no conozco ninguno” (Is. 44:8).

“Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más” (Is. 45:22).

Su creación depende de él, pero él es completamente independiente de la creación. No solo tiene vida, sino que sustenta la vida en el universo, y tiene en sí mismo la fuente de esa vida.

“Yo Jehová, que lo hago todo, que extiendo solo los cielos, que extiendo la tierra por mí mismo” (Is. 44:24).

Este misterio de la existencia de Dios le fue revelado a Moisés en épocas muy tempranas en la historia bíblica, cuando, en el desierto de Horeb, se encontró con Dios en forma de fuego en una zarza (Éx. 3:2). Lo distintivo de aquel fenómeno fue que la zarza ardía en fuego y no se consumía. El significado que se puede extraer de esta manifestación divina es que el fuego era independiente del medio ambiente y se autoalimentaba. Tal es Dios en su ser esencial: es completamente independiente del medio o ambiente en que desea hacerse conocer. Esta cualidad del ser de Dios encuentra expresión en su nombre personal Yahvéh o Jehová, y en su propia afirmación significa “Yo soy el que soy”, es decir, “Yo soy el que tiene ser dentro de sí mismo” (Éx. 3:14).

Al considerar el libro de Proverbios, hallamos una figura literaria de personificación que se hace con respecto a la sabiduría, en la cual ella misma declara “eternamente tuve el principado, desde el principio, antes de la tierra” (Pr. 8:23). Si miramos allí una representación de Cristo, como la sabiduría, el Verbo de Dios, él está planteando que su autoridad es eterna y siempre la ha tenido.

Esta percepción se insinúa en la visión que Isaías tuvo de Dios: “¿No has sabido, no has oído que el Dios eterno es Jehová, el cual creó los confines de la tierra? No desfallece, ni se fatiga con cansancio, y su entendimiento no hay quien lo alcance. El da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas” (Is. 40:28, 29). Él es el Dador, y todas sus criaturas son los receptores. Cristo dio su más clara expresión a este misterio cuando dijo: “Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo” (Jn. 5:26). Esto hace de la independencia de la vida una cualidad distintiva de la deidad. En toda la Escritura, Dios se revela como la fuente de todo lo que existe (animado e inanimado); él es el Creador y el Dador de la vida, el único que tiene vida en sí mismo. El trino Dios existe por sí mismo y no fue creado. El existe desde antes del principio en la eternidad; existe desde el principio manifestado a la humanidad (Hab. 1:12); existe en la actualidad, es inmortal y siempre vivirá (1 Tim. 6:16). 

miércoles, 19 de noviembre de 2014

¿Quién es Dios? Parte II


En los siguientes títulos Dios es descrito por algunos de sus atributos: el Dios de gloria (Hch. 7:2), el Dios de paz (Rom. 15:33; 16:20; Fil. 4:9; 1 Ts. 5:23; Heb. 13:20), el Dios de amor y paz (2 Cor. 13:11), el Dios de la paciencia y de la consolación (Rom. 15:5), Dios de toda consolación (2 Cor. 1:3), Dios de esperanza (Rom. 15:13), y el Dios de toda gracia (1 Ped. 5:10). Estos atributos le definen, no en distinción de otras personas, sino como la fuente de todas estas bendiciones.

Dios es Espíritu infinito, eterno e inmutable, en su ser, sabiduría, poder, santidad, justicia, bondad y verdad. Dios es un ser personal, no material, consciente de sí mismo y autodeterminante. Está en todas partes; todo en todas partes está inmediatamente en su presencia. Su omnisciencia es todo inclusiva: conoce eternamente lo que ha conocido en el pasado y lo que conocerá en el futuro. Su omnipotencia es la habilidad de hacer con poder todo lo que él determine, controlando todo el poder que hay o que puede haber. Dios es eterno, sin principio ni fin temporal. Por otra parte, cuando se expresa que Dios es inmutable, en el lenguaje bíblico, señala la autoconstancia perfecta del carácter de Dios a lo largo de toda la eternidad y en sus relaciones con sus criaturas. 

La Deidad eterna (Col. 2:9;), el Ser Supremo en la Divinidad (Hch. 17:29), en su naturaleza perfecta, dotado de todo poder, dominio, autoridad, sabiduría, conocimiento y voluntad, ejerció su capacidad para crear como él quiso los cielos y la tierra, manifestando las cosas invisibles de él en lo visible, revelando su eterno poder y su naturaleza divina (Rom. 1:20); así pues, su ser invisible se conoce por medio de sus obras en la creación. Por su voluntad hizo todas las cosas y solo él es digno de recibir la gloria y la honra y el poder (Ap. 4:11).

Es habitual hacer una distinción entre revelación natural, todo lo que Dios ha creado, y revelación especial, la Biblia. Se conoce a Dios por fe, más allá del sentido cognoscitivo, en comunión con su pueblo. Así pues, la Biblia abunda en invitaciones para buscar y hallar comunión con Dios.

Dios existe, y puede ser conocido. Estas dos afirmaciones forman la base y la inspiración de la Palabra de Dios. La primera es una afirmación de fe… la segunda viene de la experiencia. Como la existencia de Dios no está sujeta a demostración científica, debe ser un postulado de la fe; y dado que Dios trasciende toda su creación, solo podemos conocerlo en la medida en que se revela a sí mismo. Es maravilloso pensar en la existencia eterna de Dios. El ateísmo es una locura y los ateos son los mayores locos del mundo, puesto que ven un universo tan sorprendente, tan exuberante, tan hermoso, que no pudo hacerse a sí mismo, y aún así rehúsan reconocer a un Creador. Con su negación de Dios ostentan haber estado en todo el Universo a la misma vez para afirmar que no han visto a Dios. En otras palabras se hacen dioses a sí mismos.

¿Quién podría asegurar que Dios no existe?... tendría que haber viajado por todo el cosmos buscando a Dios, y tendría que movilizarse por todas las galaxias al mismo tiempo para no llegar a un lugar determinado cuando Dios se hubiere trasladado a otro lugar.

Al afirmar que Dios existe, nosotros los creyentes tenemos tres pruebas irrefutables, ya que solo él podría obrar en ellas:

- La inspiración sobrenatural de la Biblia: la palabra de Dios demuestra su realidad.

“Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones; entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (1 Ped. 1:18-20).

- La creación magnífica de todo lo que existe: sus obras demuestran su poder infinito.

“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos” (Sal. 19:1).

- La creación espiritual del hombre: la transformación moral que Dios efectúa en el hombre demuestra el amor y la bondad que tiene para cambiar su corazón y su vida entera.

“habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno” (Col. 3:9, 10).

lunes, 17 de noviembre de 2014

¿Quién es Dios? Parte I



El término hebreo convencional usado para hablar sobre la deidad es Elohim, el cual se podría traducir como Dios fuerte y en plural, plenitud de fuerza (majestad, poder, intensidad). Su poder infinito hizo todo bajo la plenitud de su fuerza: Padre, Hijo y Espíritu Santo, en un poder unificado e ilimitado, coordinaron la creación del Universo y conformaron la tierra, como escenario estratégico para sus propósitos con el hombre. En oposición al plural común (dioses), este plural significa «plenitud de la deidad» y por este uso, se refleja una doctrina clara acerca de la Trinidad; aunque Dios es uno, hay una pluralidad de personas (Jn. 1:1-3; Heb. 1:2,3; Job 26:13). El nombre hebreo lo liga con la creación, ya que la raíz básica del nombre es El, que significa «poderoso, fuerte, prominente»; este poder divino diseña, crea y sustenta todas las cosas. En Gn. 2:4 tenemos «Jehová Dios» que es Jehová Elohim. Jehová es el nombre del pacto de Dios y lo une a su pueblo. Este es el nombre que dio cuando le habló a Moisés: «YO SOY EL QUE SOY» (Ex. 3:14, 15). Jehová (o Yahvé, que es otra forma del mismo nombre) significa que es el Dios que existe en sí mismo y que es inmutable.

Los griegos usaban la palabra theos para referirse a dios o deidad (Hch. 14:11; 19:26; 28:6; 1 Cor. 8:5; Gál. 4:8). De ahí, la palabra fue tomada por los judíos y retenida por los cristianos para denotar al Dios único y verdadero. En la LXX (Versión Septuaginta), theos traduce, con pocas excepciones, a las palabras hebreas Elohim y Jehová, indicando la primera su poder y preeminencia, y la segunda su existencia inoriginada, inmutable, eterna y autosustentante. Ahora bien, la Biblia no contiene una definición formal de la palabra Dios; sin embargo, el ser y los atributos de Dios aparecen en cada página. Por ende, al considerar el idioma griego, en el N.T. se afirman muchísimos atributos divinos para el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, entre los cuales se describen los siguientes:

Unidad
“… el Señor nuestro Dios, el Señor uno es” (Mr. 12:29).
“Porque hay un solo Dios…” (1 Tim. 2:5).
“… para que sean uno, así como nosotros somos uno” (Jn. 17:22).

Existencia propia no originada
“… el Padre tiene vida en sí mismo” (Jn. 5:26).

Eternidad
“Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas” (Rom. 1:20).
“Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy” (Jn. 8:58).

Inmutabilidad
“Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación” (Stg 1:17).
“Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (Heb. 13:8).

Conocimiento infinito
“A éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole” (Hch 2:23).
 el Señor, que hace conocer todo esto desde tiempos antiguos” (Hch 15:18).
¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!” (Rom. 11:33).
en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (Col. 2:3).

Poder infinito
“… para Dios todo es posible” (Mt. 19:26).

Poder creador
“Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas y por tu voluntad existen y fueron creadas” (Ap 4.11).
“… creó el cielo y las cosas que están en él, y la tierra y las cosas que están en ella y el mar y las cosas que están en él” (Ap 10.6).

Imperio y reino
“Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén” (Rom. 11:36).
solo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para él y un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas y nosotros por medio de él” (1 Cor. 8:6).
por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas” (Fil. 3:21).

Justicia
“Dios es juez justo” (Sal. 7:11).

Santidad absoluta
“Sed santos, porque yo soy santo” (1 Ped. 1:15).
“Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él” (1 Jn. 1:5).

 Universalidad
“¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre” (Mt. 10:29).
“Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación; para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros. Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos; como algunos de vuestros propios poetas también han dicho: Porque linaje suyo somos” (Hch. 17:26-28).

Amor
“Dios es amor” (1 Jn. 4:8,16).

Misericordia
“Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca” (Rom. 9:15,18).

Fidelidad
“Fiel es Dios” (1 Cor. 1:9; 10:13).
“El es fiel y justo” (1 Jn. 1:9).

Veracidad
“Dios… no miente” (Tito 1:2).
“Es imposible que Dios mienta” (Heb. 6:18).

jueves, 13 de noviembre de 2014

Frutos del conocimiento de Cristo Parte V



6. Un individuo se beneficia de las Escrituras cuando éstas engendran en él un deseo cada vez más profundo de agradar a Cristo.

El creyente genuino entiende que no es dueño de su vida sino que pertenece a Cristo, quien le compró con su sangre y le ha hecho un templo del Espíritu Santo (1 Cor. 6:19, 20). Por este motivo, el cristiano fiel no debe vivir para sí mismo, haciendo su propia voluntad, sino para hacer la voluntad de Cristo (2 Cor. 5:15). Quien ama a Cristo, más se deleita en agradarle, honrándole por medio de una vida de obediencia a su voluntad. Cristo dijo: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Jn. 14:15). No se trata solo de sentirnos bien con Cristo o de hablar sobre cosas espirituales, confesando el nombre del Señor, sino que debemos asumir un compromiso sincero y práctico para someternos realmente a todos los principios de la Biblia: el amor hacia Dios y hacia el prójimo, el buen trato a las personas, la justicia y la rectitud en todo lo que hacemos, la pureza moral en el corazón y en la conducta externa, el buen testimonio en cada área de nuestra vida, la fidelidad y la entrega en el matrimonio, el pudor y la modestia en nuestra manera de vestir, el compartir el evangelio con las personas, siendo ejemplo en todo sentido, etc. En síntesis, la suma de todos estos aspectos será la evidencia de la autenticidad de nuestra profesión de fe… de lo contrario, seremos un tropiezo para otros y pondremos en duda el cristianismo que profesamos.

¿Tiene fe en Cristo aquel que no hace ningún esfuerzo para conocer y hacer su voluntad? Donde hay fe en Cristo habrá obediencia a sus mandamientos, pero si éstos son quebrantados, será una vergüenza para el evangelio. Por tal motivo, cuando desagradamos a Cristo, lamentamos nuestra falla y nos arrepentimos para cambiar y no repetir nuestros errores. Es imposible creer seriamente que fueron mis pecados los que causaron que el Hijo de Dios derramara su preciosa sangre sin que yo aborrezca estos pecados. Si Cristo sufrió bajo el pecado, también hemos de sufrir nosotros (lamentarnos, arrepentirnos y convertirnos) cuando pecamos contra Cristo. Cuanto más sinceros son estos deseos, más sinceramente buscaremos su gracia para ser librados de todo lo que desagrada al Señor, y reforzar nuestra decisión para hacer todo lo que le complace.

7. Un individuo se beneficia de las Escrituras cuando le hacen anhelar la segunda venida de Cristo.

El amor puede confirmarse aún más cuando vemos a nuestros seres queridos. Asimismo, aunque vivimos por fe y contemplamos a Cristo en un ámbito espiritual, deseamos encontrarnos con él; Pablo dice: “ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara” (1 Cor. 13:12). Entonces se cumplirán las palabras de Cristo: “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo” (Jn. 17:24). Solo esto alegrará plenamente los deseos del corazón de Cristo, y solo esto llenará los anhelos de los redimidos. Se cumplirá a cabalidad el deseo de Cristo: “Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho” (Is. 53:11); y se cumplirá a cabalidad el deseo del creyente: “En cuanto a mí, veré tu rostro en justicia; estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza” (Sal. 17: 15).

A la hora de nuestra muerte, si estamos caminando con Cristo, en una vida consagrada a él, confiando solo en los méritos de su sangre para ser salvos, iremos a un lugar de reposo y paz, aguardando la resurrección de los muertos, la cual se efectuará cuando Cristo arrebate a su Iglesia. Al retorno de Cristo se consumará el plan perfecto de Dios para los redimidos. Los elegidos son predestinados a ser conformados a la imagen del Hijo de Dios, y el propósito divino será completado solo cuando Cristo venga. El apóstol Juan dijo: “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro” (1 Jn. 3:2, 3). Nunca más nuestra comunión con él será interrumpida, nunca más habrá gemido o clamor sobre nuestra corrupción como pecadores; nunca más nos acusará la incredulidad. El presentará a sí mismo la Iglesia, como una iglesia gloriosa, sin mancha, ni arruga ni cosa semejante, sino santa y sin mancha (Ef. 5:27). Así pues, estamos esperando ansiosamente ese momento y por este motivo, nos purificamos cada día a través de la sangre de Cristo y por la Palabra de Dios, en oración, obediencia y amor. Cuanto más anhelamos al que ha de venir, más evidencia damos de que nos beneficiamos del conocimiento de la Biblia.

Busquemos pues la presencia de Dios sinceramente y consideremos las siguientes preguntas:

¿Tenemos un sentido más profundo de nuestra necesidad de Cristo?
¿Es Cristo para nosotros una realidad más dinámica y viva todos los días?
¿Estamos hallando más deleite al ocuparnos de sus perfecciones?
¿Está Cristo haciéndose más y más precioso para nosotros diariamente?
¿Crece nuestra fe en él, de modo que confiamos más en él para todo?
¿Estamos buscando realmente complacerle en todos los aspectos de nuestra vida?
¿Estamos deseándole tan ardientemente que nos llenaría de gozo si regresara durante las próximas veinticuatro horas?

Que el Espíritu Santo nos guíe a toda verdad y que podamos asegurarnos de experimentar todos los frutos de un conocimiento genuino de Cristo.

martes, 11 de noviembre de 2014

Frutos del conocimiento de Cristo Parte IV



4. Un individuo se beneficia de las Escrituras cuando Cristo se vuelve más precioso para él.

Cristo es precioso en la estimación de los verdaderos creyentes (1 Ped. 2:7). Su nombre es para ellos “ungüento derramado” (Cnt. 1:3). Consideran todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, su Señor (Fil. 3:8). Como la gloria de Dios que apareció como una visión maravillosa en el templo y en la sabiduría y esplendor de Salomón, atrajo a muchas personas desde los últimos cabos de la tierra, la excelencia de Cristo, sin paralelo, que fue prefigurada por aquella, y es más poderosa aún para atraer los corazones de su pueblo. El diablo lo sabe muy bien, y por ello, sin cesar se ocupa en cegar la mente de aquellos que no creen, colocando delante de ellos todos los atractivos del mundo. Dios le permite también que ataque al creyente pero está escrito: “Resistid al diablo, y de vosotros huirá” (Stg. 4:7). Debemos resistirle por medio de la oración sincera y fervorosa y específica, pidiendo al Espíritu Santo que dirija nuestros sentidos hacia Cristo.

Cuanto más miramos y contemplamos las perfecciones de Cristo, más le amamos y le adoramos. Es la falta de conocimiento experiencial de él lo que hace que nuestros corazones sean insensibles e indiferentes hacia Cristo, pero donde se cultiva la comunión diaria con Cristo, el creyente puede decir como el salmista: “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra” (Sal. 73:25). Esto es la verdadera esencia y naturaleza distintiva del verdadero cristianismo. Los religiosos pueden ocuparse diligentemente en aparentar lo que no son y en tratar de demostrar lo que no tienen, pero no hay una experiencia genuina con el Cristo revelado en la Biblia. Así pues, cuanto más precioso es Cristo para nosotros más se deleita él en nosotros y nos sigue mostrando su gloria cada día más.

5. Un individuo que se beneficia de las Escrituras tiene una confianza creciente en Cristo.

Nuestra meta debe ser el tener una plena certidumbre de fe (Heb. 10:22), confiando en el Señor de todo corazón (Pr. 3:5). De la misma manera que debemos crecer de poder en poder (Sal. 84:7), debemos ir de fe en fe (Rom. 1:17). Cuanto más firme y fuerte es nuestra fe, más honramos a Jesucristo. Incluso en una lectura general de los cuatro evangelios se revela el hecho de que al Señor Jesucristo le complacía la firme confianza de aquellos que realmente ponían su mirada en él. El mismo vivió y anduvo por fe; por ende, quien anda con Cristo y es guiado por el Espíritu Santo, debe caminar en una fe creciente. De igual forma, nuestra oración debe ser: “aumenta nuestra fe”. En este sentido, Pablo dijo de los creyentes de Tesalónica: “debemos siempre dar gracias a Dios por vosotros, hermanos, como es digno, por cuanto vuestra fe va creciendo, y el amor de todos y cada uno de vosotros abunda para con los demás” (2 Ts. 1:3).

Ahora bien, no podemos confiar en Cristo en lo más mínimo, a menos que le conozcamos, y cuanto mejor le conocemos, más confiaremos en él. Notemos que el salmista David dijo: “En ti confiarán los que conocen tu nombre” (Sal. 9:10). A medida que Cristo pasa a ser más real al corazón, nos ocupamos más y más con sus perfecciones y él se vuelve más precioso para nosotros, la confianza en él se profundiza hasta que pasa a ser tan natural confiar en él como respirar. La vida cristiana es andar por fe, no por vista (2 Cor. 5:7), y esta misma expresión denota un progreso continuo, una liberación progresiva de las dudas y los temores, una seguridad más plena de que todas sus promesas serán realizadas en el tiempo y en la soberanía de Dios. Recordemos a Abraham, el padre de los creyentes, pues la historia de su vida nos proporciona una ilustración de lo que significa una confianza que se va haciendo más profunda. Primero, obedeciendo la palabra de Dios, abandonó todo lo que amaba según la carne. Segundo, prosiguió adelante dependiendo simplemente de Dios y residió como extranjero y peregrino en la tierra prometida, aunque no vio la promesa cumplida a cabalidad. Tercero, cuando se le prometió que le nacería simiente en su edad avanzada, no consideró los obstáculos que había en el cumplimiento de la promesa, sino que su fe le hizo dar gloria a Dios. Finalmente, cuando se le llamó para sacrificar a Isaac, a pesar de que esto aparentemente impediría la realización de la promesa en el futuro, consideró que Dios podía levantarle incluso de los muertos (Heb. 11:19).

En la historia de Abraham se nos muestra cómo la gracia puede someter un corazón incrédulo, cómo el espíritu puede salir victorioso sobre la carne, cómo los frutos sobrenaturales de una fe dada y sostenida por Dios pueden ser producidos por un hombre con pasiones o debilidades como las nuestras. Esto se nos presenta para animarnos, para que oremos a Dios con confianza y sigamos el ejemplo de Abraham. El Señor se complace mucho y es honrado cuando tenemos una confianza firme y expectante, como la de un niño. Esta realidad confirmará que verdaderamente hemos sido beneficiados por el conocimiento de las Escrituras ya que tenemos una fe creciente en Cristo.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Frutos del conocimiento de Cristo Parte III


2. Un individuo se beneficia de las Escrituras cuando éstas le hacen ver, sentir y palpar a Cristo como una persona real, viva y dinámica.

Todo concepto que presente a Cristo de otra manera está en contra de la verdad divina de la Biblia y no debemos aceptarlo (no importa quién sea la fuente… un predicador, un teólogo, un líder espiritual reconocido, un familiar que amamos, un amigo muy cercano, etc.).

El mismo Jesús le dijo a los judíos: “Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó” (Jn. 8:56). Luego les dijo: “De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy” (Jn. 8:56).

Para las multitudes que desconocen las Escrituras (y por tanto, a Cristo mismo), él no es más que un nombre y un personaje histórico. Las personas que viven con esta mentalidad no tienen una relación personal con él ni gozan de comunión espiritual con él. Pero para el cristiano consagrado y fiel, la situación es muy distinta. El lenguaje de su corazón es: Cristo es Dios Creador de todas las cosas y es mi Salvador… su voz es un deleite para mi alma y solo quiero seguirle y obedecerle… quiero ser cada día más como él… quiero ser luz en medio de las tinieblas.

Jesús dijo: “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él” (Jn. 14:21). Notemos que Jesús se manifiesta de forma personal a aquel que por la gracia de Dios anda por el camino de la obediencia. En este sentido, se hace real y palpable para sus fieles seguidores. Esta experiencia es maravillosa y podemos decir como Job: “De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven” (Job 42:5). Sin embargo, es una bendición que se obtiene mediante un contacto sincero con las Escrituras y una vida de obediencia a los mandamientos del Señor. No así cuando el corazón es indiferente a la Biblia o cuando se lee pero no se practican los principios divinos.

3. Un individuo se beneficia de las Escrituras cuando más absorbido queda en las perfecciones de Cristo.

Al principio, lo que lleva el alma a Cristo es un sentido de necesidad, pero lo que le atrae después es la comprensión de su excelencia, y ésta le hace seguirlo. Cuanto más real se vuelve Cristo, más somos atraídos por sus perfecciones. Al principio lo vemos solo como un Salvador que necesitamos para obtener el perdón de Dios, pero cuando el Espíritu Santo continúa llevándonos a las virtudes de Cristo y nos permite comprenderlas, descubrimos que en su cabeza hay «muchas diademas» (Ap. 19:12), es decir, contemplamos la autoridad y la majestad de Cristo. De hecho, el profeta Isaías le llama Admirable (Is. 9:6) porque él es digno de gloria y alabanza por sus oficios, sus propósitos, sus cualidades y su obra perfecta para salvación de la humanidad. El es el único amigo que nunca falla, la ayuda segura en tiempo de necesidad… cuando nadie se acuerda de nosotros, cuando los demás están ocupados en sus asuntos y nos ignoran, cuando los demás nos dan la espalda, cuando los demás nos desprecian y nos condenan, cuando los demás nos atacan o nos persiguen… él es el compañero del camino, el abogado defensor, el protector, el guía y el consejero, el Sumo Sacerdote que comprende nuestras flaquezas y perdona nuestro pecados, es el camino que nos lleva al Padre, la verdad que nos enseña y la vida que nos llena de gozo y paz por toda la eternidad.

Tenemos la necesidad de estar cerca de Cristo, sentados a sus pies para escuchar su enseñanza y abiertos para recibir de su plenitud. Nuestro deleite principal debe ser considerar al Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra profesión (Heb. 3:1), para contemplar sus virtudes, meditar en sus promesas y disfrutar de su amor incomparable y perfecto.

Al hacerlo, estaremos tan satisfechos en él que no habrá nada ni nadie que nos pueda separar de su amor, no habrá fantasías e ilusiones vanas que nos distraigan y no habrá tentación y oferta que nos encandile.

Reflexiona ahora… ¿conoces algo de esto en tu experiencia presente? ¿Es tu gozo principal el estar ocupado con él? Si no es así, tu lectura y estudio de la Biblia te han beneficiado muy poco de verdad.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Frutos del conocimiento de Cristo Parte II


El conocimiento de Cristo que el Espíritu Santo imparte al creyente por medio de las Escrituras, le beneficia de diferentes maneras. Como ilustración miremos el pan que Dios dio a los hijos de Israel durante su peregrinaje en el desierto; se dice que unos recogían más y otros menos (Éx. 16:17). Lo mismo es verdad de nuestra relación personal con Cristo, de quien el maná era un tipo. Hay algo en la maravillosa persona de Cristo que es exactamente apropiado a cada condición, cada circunstancia, cada necesidad, tanto en el tiempo presente como en la eternidad. Hay una inagotable plenitud en Cristo (Jn. 1:16) que está disponible para que tomemos de ella y los principios que regulan la medida en que recibimos son nuestra disposición, nuestra fe y su gracia (2 Tim. 2:1; Mt. 9:29). El es el pan de vida que descendió del cielo (Jn. 6:32-35) y es infinitamente superior al maná dado por Dios al pueblo de Israel en el desierto.

1. Un individuo se beneficia de las Escrituras cuando éstas le revelan su necesidad de Cristo.

El hombre en su estado natural se considera autosuficiente aunque él tiene una vaga percepción de que hay algo que no está del todo bien entre él y Dios; sin embargo, no tiene tanta dificultad para convencerse de que Dios puede hacer lo necesario para ayudarle. Este punto se encuentra en toda forma de religión que profese la fe en un ser superior.

Dile a un devoto religioso formalista que los que viven según la carne no pueden agradar a Dios (Rom. 8:7, 8) y luego su urbanidad y cortesía son sustituidas por asombro y hasta irritabilidad. Así era cuando Cristo estaba en la tierra: el pueblo más religioso de todos, los judíos, no tenían sentido de que estaban perdidos y en desesperada necesidad de un Salvador Todopoderoso.

Jesús dijo: “Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos” (Mt. 9:12). Es la misión particular del Espíritu Santo, por medio de su aplicación de las Escrituras, el convencer a los pecadores de que están viviendo lejos de Dios y de su ley, por lo cual están perdidos y bajo el justo juicio de Dios. El Espíritu Santo les hace ver su condición caída y pecaminosa, y que no pueden restaurarse a sí mismos delante de Dios (Is. 1:6).

Cuando el Espíritu nos convence de pecado (nuestra ingratitud y nuestra desobediencia a su perfecta voluntad)… cuando insiste en los derechos de Dios (su derecho a nuestro amor, obediencia y adoración)… cuando nos muestra todos nuestros intentos fallidos para agradar a Dios por nuestra propia fuerza… entonces nos presenta a Cristo en las Escrituras y reconocemos que él es nuestra única esperanza, porque seremos juzgados de forma justa por nuestras malas acciones, excepto si nos acogemos a él como nuestro Salvador y como el camino, la verdad y la vida (Jn. 14:6).

Esta obra del Espíritu Santo no se limita a una experiencia inicial de conversión porque cuando más el Espíritu profundiza su obra de gracia en el alma regenerada, más consciente se vuelve el individuo de su contaminación, su pecaminosidad y su miseria… y más descubre su necesidad de la preciosa sangre que nos limpia de todo pecado, y le da valor. El Espíritu está aquí para glorificar a Cristo, y la manera principal en que lo hace es abriéndonos los ojos más y más para que veamos por quién murió Cristo y cuán apropiado es él para nosotros que somos criaturas caídas y contaminadas por el pecado. El profeta Isaías lo expresó de forma muy clara en su libro: “Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento” (Is. 64:6). Sí, cuanto más nos beneficiamos realmente de nuestra lectura de las Escrituras, más vemos nuestra necesidad de Cristo.